La Gente es Gilipollas

Seguro que todo el mundo ha tenido el típico “cuñao” gilipollas. Sin ir más lejos, mis cuñadas tienen como mínimo un par de cuñados gilipollas cada una. Escuché alguna vez que, en mi pueblo, Osuna, hay gente que me considera un gilipollas. Y no digo que no lo sea, solo que no lo sabía, si bien el desconocimiento de la norma no exime de su cumplimiento. Así que nada, ante ustedes, un tío que no es especialmente guapo, ni especialmente listo, ni tiene dinero, ni liga ni folla más de lo que le corresponde, pero que es gilipollas por aclamación popular. Para que después digan que nadie es profeta en su tierra.

Es posible que casi todos tengamos un prototipo estándar de gilipollas muy conocido e influyente en la cabeza; hagamos un ejercicio: detén la lectura y piensa unos segundos en ese gilipollas famoso… posiblemente, si nos ha leído la mente, querrá colonizar la Colegiata del pueblo después de tomar el control de otros territorios. Pues, aun así, seguro que no todos hemos pensado en la misma persona.

Ser gilipollas no es una categoría estanca. Hay gilipollas de intensidad variable, como las luces LED, y otros que se activan según la brisa que sople. La paleta es amplia; está el gilipollas que habla mucho, y está la gilipollas que no saluda en el ascensor. Hay gilipollas cofrades, apóstatas, bohemios; gilipollas que escuchan reguetón y gilipollas que lo odian. Gilipollas de izquierdas, de centro, de derechas y de ultraderechas. Gilipollas taurinos que analizan la vuelta de Morante en los alrededores de la taberna Pepe Hillo, y otros, veganos de partidos animalistas, que comentan con retranca la cogida del torero desde algún bar de la Alameda. Hay gilipollas que se emperifollan y dan lecciones de estilo para cogerse una papa en la Feria de Sevilla, y los hay que cogen la misma papa en la caseta del Distrito con la camiseta retro de Alemania en México 86. Hay gilipollas que viven enfadados con el mundo pensando que todo el mundo es gilipollas, y hay otros con un espíritu tan happy flower, que resultan incluso más gilipollas que el anterior.

Hay gilipollas influencers, y gilipollas que los critican pero que quieren ser influencers, y hay gente que, por alguna extraña razón, tiene cara de gilipollas, sin más. Y así podríamos seguir casi indefinidamente…

Existen tantas variedades como gustos y colores; así que, señoras, señores… dejemos a cada cual camelar a su manera. Entendamos que, al final, detrás de un gilipollas casi siempre está el cristal prejuicioso del otro gilipollas que mira.

Jose Manuel Chirino

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