
“Hoy me paro ante el papel sin reproches para escribir lo que siento, pero hija puta, con todo lo que hemos pasado juntos, te me fuiste cuando la cosa se estaba poniendo más guapa…»
Este podría ser el comienzo de un ejercicio que en terapia llamamos «La carta de despedida». Es una herramienta potente para gestionar el cierre emocional de procesos complicados: un duelo, el fin de una etapa profesional o una ruptura de pareja. Busca el desahogo, la aceptación y la integración de emociones en un plano íntimo y personal… a no ser que seas Shakira y puedas monetizar tus epístolas en forma de hits musicales.
Hoy, cuando casi todos tiramos de Gemini o Copilot para escribir cuatro palabras de amor, estas cartas siguen siendo un recurso poderoso, siempre que se escriban desde las tripas y sin algoritmos. El objetivo es ser capaces de poner palabras en papel a lo vivido, sin censura, fluyendo ante lo doloroso, y utilizando expresiones que incluyan recuerdos, agradecimientos, aprendizaje, perdón o aceptación. Una vez escrita, puedes leerla en voz alta, quemarla o guardarla en un cajón profundo simbolizando el cierre.
Yo ahora, saltándome las recomendaciones y por si a alguien le sirve de inspiración, comparto una carta personal que me ayudó a cerrar alguna cosa. Como siempre, cualquier parecido con la realidad se debe al capricho del azar.

Hoy me paro ante el papel sin reproches para escribir lo que siento, pero hija puta, con todo lo que hemos pasado juntos, te me fuiste cuando la cosa se estaba poniendo más guapa, como le pasó a Jack Nicholson en “El Cartero siempre llama dos veces”.
Siempre pensé que este final no llegaría, que se trataba de algo ilimitado y que no me pasaría como al resto de la gente; en la ebullición de mi fábula personal, pensé que lo nuestro sería perenne. Supongo que debe tratarse de una sensación inherente al ser humano, y aunque hoy acepto que nuestro tiempo ya es caduco, reconozco que me habría quedado retozando un poco más.
Hoy escribo para cerrar una parte de mi universo personal lleno de agradecimiento por lo vivido, compartido y aprendido, aunque me faltaron algunos sellos en el pasaporte. Contigo tuve la suerte de vivir muchas primeras veces, pero también, algunas que otras penúltimas oportunidades. Juntos disfrutamos mi época sexual más vigorosa, aunque debo reconocerte, que antes de que llegases a mi vida, ya había hecho algunos experimentos. Contigo, hoy se diluye en el espacio una parte de mi galaxia personal, que, aunque para mí parecía infinita, no era más que una galaxia.
Compartimos miedos, me generaste frustraciones, superamos complejos y nos enamoramos. A ratos sin quererlo, otras veces sin saberlo y, casi siempre, sin controlarlo. Me enseñaste que el sentido del humor es el machete en la selva de la vida y que la risa compartida es el hilo intersubjetivo entre dos mentes. Comprendí que los excesos pueden ser tan divertidos como peligrosos, y entendí, que, con frecuencia, es más importante saber discutir, que nunca discutir, aunque sobre esto me quedará seguir aprendiendo.
Disfrutamos con el morbo de lo clandestino, lo incorrecto y lo indefinido; y por culpa de esos mismos adjetivos, también sufrimos, corregimos y crecimos. He aceptado que el paso del tiempo tornase las pasiones en ataraxia, y que a día de hoy, ese sendero hacia la paz es innegociable.
Hoy, posiblemente con más tiros «pegaos» que balas de fogueo en la recámara, entiendo que nuestra etapa se desvanece dentro de mi galaxia finita. Ahora, aunque tu marcha desdibuje mi genograma, ya no me aferro y admito que nuestro tiempo revienta como lo hace una supernova. Y paradójicamente, lo que hoy supone el fin para una etapa vital que fue luminosa, será el polvo estelar que origine formas distintas, pero igualmente maravillosas de oportunidades y de vida. Querida JUVENTUD, gracias por el tiempo que me regalaste.
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