
Cuando a los cuatro años entraba en la Escuela, recuerdo que siempre eran los niños que llevaban Phoskitos para el recreo los que acaparaban la atención del resto de la clase. Yo quería ser como los niños de los Phoskitos, y cuando no los tenía, improvisaba un dolor de barriga justo a la hora de ir al Colegio.
En la adolescencia, vivía en la dicotomía de obedecer a mi madre y centrarme solo en los estudios, o atender a mis hormonas y a la presión de mis iguales para dejarme ver con chicas de vez en cuando. Siendo sincero, esto último ya me era complicado con independencia de los entredichos maternos. En esta época adolescente, calaban con fuerza los hits románticos de cantautores sensibles que venden amores eternos, aterciopelados, incondicionales y necesarios como la luz a la mañana.
Con 20 años tenemos la urgente necesidad de pensar que ya hemos madurado del todo, y en una sociedad competitiva, comenzamos a cotejar en qué medida estamos haciendo las cosas que nosotros, y en cierto grado los demás, esperan que consigamos. Solo de esta forma podremos asegurar que estamos en el camino hacia el éxito.
Entre los 25 y los 30 vivimos una contrarreloj marcada por una serie de hitos importantes que debemos ir cerrando: estudios, trabajo, pareja estable, hipoteca, planes de futuro… Tú decides, pero sabes que si no lo cumples quedas expuesto a la comparación con aquellos que piensan que con tu misma edad, ya habían avanzado 10 años más que tú.
Y así progresamos por diferentes etapas de nuestro desarrollo evolutivo, comparándonos, midiéndonos, salvando bolas de partido en busca de una meta con final feliz que nadie nos puede garantizar, con ambiciones extrínsecas, con valores rígidos y empaquetados, con la paradoja de querer pensar que no es más feliz quien más tiene sino el que menos necesita, mientras esperas que se rompa tu móvil viejo para comprarte a plazos el último IPhone.
Estamos preocupados continuamente por mantener una vida estable y exitosa, pero corremos el enorme riesgo de haber supeditado nuestra dicha a multitud de factores externos y no siempre sujetos a nuestra voluntad y control.
Gracias a Darwin sabemos que no es el más listo ni el más fuerte el que sobrevive, sino aquel con mayor capacidad para adaptarse a los cambios. La cuestión es que nuestra especie, no debería tener por último objetivo simplemente sobrevivir y perpetuarse, pues deberíamos ser capaces de aprender a disfrutar la experiencia plena de la propia vida, cosa que ponemos en peligro cuando asumimos determinados estándares culturales de forma sistemática.
Y todo esto no lo aprendí de la psicología, ni leyendo a Bucay, ni coleccionando los mensajitos positivos de mi libretita de Mister Guordenluf… Nada de eso, de hecho, no tengo respuesta si alguien me pregunta por la Clave que garantice el Éxito, pero puedo reconocer, que en mi caso, una parte de lo que soy y de cómo pienso hoy en día, se lo debo a los errores que he cometido y a las personas que me han permitido cometerlos. Y es más que probable, que teniendo la posibilidad de retroceder en el tiempo, volviésemos a cometer los mismos fallos, porque a veces son esas experiencias de fracaso, las únicas que pueden enseñarnos y hacernos fuertes para que determinados errores no vuelvan a producirse.
Nos habrán dicho miles de veces que el tiempo todo lo cura, pero a mi parecer, el paso del tiempo en sí mismo te hace cada día un poco más viejo, y sólo si te lo propones, puede convertirte en alguien un poco más sabio. Como decía, no conozco un decálogo de acciones y actitudes que conduzcan inequívocamente a la conquista del triunfo personal, pero voy a permitirme compartir algunas ideas que pueden ayudarnos a reinterpretar y reflexionar sobre ciertos “imperativos categóricos”
- El tiempo nunca devuelve el tiempo. El tuyo es muy valioso, por ello debes invertirlo en cosas que te llenen y compartirlo con aquellas personas que lo merezcan. Acércate a quien te haga reír y evita a la gente que establece vínculos tóxicos y que se queja por deporte.
- Si te equivocas, pide perdón, si te equivocas dos veces, pide perdón y aprende. Puedes montar y desmontar repetidas veces un mueble de Ikea, pero si te fijas, a medida que repitas el proceso, los tornillos van cogiendo holgura y las piezas ya no sueldan con la misma firmeza.
- Si te piden perdón, ¡PERDONA!, ¡pero del tirón! el odio, el rencor o la rabia no sirven para aliviar tu malestar. Perdonar no tiene por qué significar olvidar ni estar de acuerdo, pero es sin duda tu ofensiva más amable.
- Enamórate, pero nunca por necesidad. La mejor pareja es aquella en la que ambas partes no se necesitan y, aun así, deciden emprender un camino conjunto.
- Empatiza, intenta no juzgar sin antes conocer los motivos que llevan a alguien a actuar de un modo concreto. Si te cuentan un problema, esfuérzate para que tu primera respuesta no sea hablar sobre uno tuyo.
- Conviértete en una persona facilitadora de vida. Facilita la vida de tus mayores, de tus amigos y de toda la gente a la que quieres, pero sin olvidarte primero de cuidar la tuya.
- Intenta no irte a la cama enfadado con alguien a quien aprecias. Ser orgulloso con la gente a la que quieres no tiene sentido, así que no conviertas en horas algo que puedes resolver en un minuto.
- No esperes a las grandes ocasiones para ser feliz, la satisfacción está cada día en muchas de las cosas que haces; búscala o créala, pero asegúrate de experimentarla.
- No supedites tu bienestar a factores materiales o a decisiones de terceros. Los vínculos de dependencia disminuyen tu capacidad de adaptación, y todos estamos expuestos a cambios inesperados.
- Conoce, comprende y acepta tus emociones; Ríe cuando haya que reír, grita cuando haya que gritar, y llora cuando toque llorar.
No está en nuestra mano transformar la sociedad, ni cambiar lo que la gente opina o espera de nosotros. No es tu responsabilidad regalar sonrisas a diario, ni medir tu bienestar en base a la consecución de objetivos normativos. Por eso, procura fomentar lo que depende de tu esfuerzo, y tolera, comprende y acomoda aquello contra lo que es inútil luchar. No tenemos una clave para el éxito, pero sí que podemos aprender a vivir plenamente sin Phoskitos, sin Julietas y sin tener una hipoteca.
José Manuel Chirino
Julio de 2015
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Un comentario en «¿La clave del Éxito?»
Buen decálogo. Más fácil de decir que de hacer, sin duda, pero ahí está el reto.